Escucho tu adiós y siento cómo te marchas, pero ni respondo ni me inmuto.
Cruzo la calle mordiéndome el labio. Miro a un lado y ahí estás, al final de la otra calle, andando hacia mi sentido contrario, mirándome.
Quería seguir tu camino y no lo hice porque pensé que volverías, que no soportarías verme marchar como tantas veces me dijiste.
Pero no lo hiciste.
Yo tampoco.
Crucé la calle y me senté en un banco. Comencé a mirar hacia tu dirección pero no te veía. Me entró el pánico. Estaba apunto de llorar.
Llegué a pensar que jamás volverías, que nuestros labios no se volverían a rozar, que no volvería a escuchar tu voz ni a sentir tu piel... Pensé que iba a morir.
La soledad empezó a invadirme. El terror también. La calle llena de gente y yo no veía a nadie. El aire se convirtió en rosales de flores marchitas, el día se hizo noche y el verano se hizo invierno.
Empecé a vivir una pesadilla. Adiós a los castillos y a las princesas.
Mi vida se sentenció cuando pregunté:
"¿Vas a volver?"
Y contestaste:
"No."