jueves, 12 de junio de 2014

Amarga despedida.

Escucho tu adiós y siento cómo te marchas, pero ni respondo ni me inmuto.
Cruzo la calle mordiéndome el labio. Miro a un lado y ahí estás, al final de la otra calle, andando hacia mi sentido contrario, mirándome.
Quería seguir tu camino y no lo hice porque pensé que volverías, que no soportarías verme marchar como tantas veces me dijiste.
Pero no lo hiciste.
Yo tampoco.
Crucé la calle y me senté en un banco. Comencé a mirar hacia tu dirección pero no te veía. Me entró el pánico. Estaba apunto de llorar.
Llegué a pensar que jamás volverías, que nuestros labios no se volverían a rozar, que no volvería a escuchar tu voz ni a sentir tu piel... Pensé que iba a morir.
La soledad empezó a invadirme. El terror también. La calle llena de gente y yo no veía a nadie. El aire se convirtió en rosales de flores marchitas, el día se hizo noche y el verano se hizo invierno.
Empecé a vivir una pesadilla. Adiós a los castillos y a las princesas.
Mi vida se sentenció cuando pregunté:

"¿Vas a volver?"

Y contestaste:

"No."

martes, 10 de junio de 2014

Estado progresivo.

El estado de mis párpados
cada día más abajo,
por las horas de insomnio mental.
Al dormir, no duermo.
Circula por mi tráquea un humo que apuñala
y que con muchas ganas, me mata.

No hay vida,
estoy muerta y mis pupilas lo recitan.
Te exponen mediante el verso de las miradas
que aquí dentro no hay nada,
que ya no hay ganas.
Que el vacío fluye por mis venas,
que no existe sangre 
ya que un día mi corazón 
dejó de latir.

Ausencia de latidos, 
falta de corazón.
Abundancia de sentimientos.

Y es que mi corazón se lo llevaron
simplemente a ningún lado.
Entre piedras, bajo escombros;
ahí yace mi forma de vida,
sin vida.
Enterrada, bajo tierra.

Angustia existencial al oír
el despertador sonar.
Saber que nada acaba, 
que esto acaba de empezar.
Que quedan lágrimas y sábanas que manchar.
Que el dormir por la noche me haga vida y no rutina.
Que mi corazón lata y encuentre una salida.
Que la sangre fluya y me sienta viva.

Que el despertador suene y alguien diga
"Buenos días".

miércoles, 4 de junio de 2014

Ojeras.

De lo más profundo de mi alma.

Aquí me encuentro una noche más, de esas en las que el insomnio se cuela entre mis ojeras; diciéndome, cada vez que cierro los ojos "¿A dónde vas? Ese no es tu sitio, quédate aquí conmigo".
Y pasaba los días entre siestas que recitaban tu nombre para permanecer despierta las noches y escribirte versos para luego cantarlos a voces. Aunque sé que jamás me oirás.
No puedes dejar de ser motivo de mis ojeras cuando tu nombre y tus pupilas están plasmados por cada pared de mi habitación. Así no hay quien te olvide -aunque tampoco quiero-.
Recuerdo cuando éramos felices, nos reuníamos por las noches, sentados en bancos, siempre acabábamos entre llantos, era nuestra forma de amar, éramos felices. Discutíamos sobre quién tenía los ojos más rojos y las ojeras más marcadas; nunca nos poníamos de acuerdo. Jugábamos con el humo. A veces nos clavábamos las astillas de esos bancos, sabíamos que algo iría mal.
-"Ya estamos jodidos"- decíamos al unísono.
Pero nos daba igual, éramos felices con nuestras penas, y aunque no funcionábamos como pañuelos, servíamos como cuerdas que evitaban nuestra caída.
Las noches eran nuestras, mi vida.
En cada bocanada de aire te decía "no te vayas", mientras intentaba hacer corazones con el humo -que jamás salieron- y tú, me besabas antes de que saliese nada -destino escrito, ahora que lo piensas-  seguidamente, susurrabas "no me iré".
Quizás que no me dejases soltar el humo era una señal que decía que mis palabras no se cumplirían, palabras que nombraban un amor de por vida. Quizás, aunque en realidad no.
Me pasé la vida diciéndote "no te vayas" y al final, me fui yo.
Y te dejé solo, entre llantos en nuestros bancos, esos que solíamos pintar tú y yo. Pidiéndome explicaciones a gritos, tirándome a la cara el tabaco. Yo no supe hacer otra cosa que darte la espalda y marchar.
Desde esa noche vivo con mis ojeras en soledad, en esta habitación que solo me habla de ti y de nosotros. Escribí tu nombre mil veces en cada pared para jamás olvidarte.
Tú en los bancos y yo en mi cama, llantos separados.
Escribir junto a tu nombre un "volveré" para sufrir un poco menos.