Resulta,
que las calles están vacías
desde que te fuiste.
Que sólo encuentro semáforos en rojo,
el viento no pasa por las ventanas de casa;
y no sólo eso,
además,
las cierra.
El martillo del vecino ya no duele,
pero siento cómo taladran mi alma
las obras de la calle de enfrente.
La ropa sigue colgada,
esperando a que vuelvas,
como los perros esperan a sus dueños
en la puerta del hospital,
sin esperanza y autoengañándose.
A las margaritas del parque
le han salido espinas
de tanto hablarles de ti.
No quieren que vuelva,
yo quiero que vuelvas.
“Por favor, no te vayas”,
como palabras de súplica
ante la desdicha de tu inminente huida.
Te llevaste en tus maletas
una vida entera,
la mía.
Tan insignificante,
que la llevas en el bolsillo
del pantalón.
No la tires,
no la pierdas,
que no se caiga.
Porque un día
Tendrá el valor que no le supe dar
-contigo-.
Volveré a ser,
después de ti.
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